Cuentan las tradiciones que en un pasado remoto hubo un gran diluvio, tan descomunal que la Tierra se vio abocada durante décadas a permanecer bajo las aguas. Es seguro que algo ocurrió en ese tiempo del que ya no guardamos memoria, y en el que un fenómeno meteorológico –o quién sabe si sísmico o vulcanológico– de dimensiones apocalípticas se cebó con el planeta. Fue entonces cuando pudo ocurrir, pero el olvido borró cualquier rastro, cualquier prueba. Bueno; casi cualquier rastro, y casi cualquier prueba…
Descendientes de los habitantes de esos lugares que hoy se ubican, a ojos de la historia oficial, “en ningún lugar”, podrían ser los pueblos en cuya mitología aparecen dichos eventos. Los incas son un claro ejemplo; pero otros de latitudes lejanas también los contemplan en sus mitos, adaptándolos al marasmo de creencias que cada pueblo consideró oportunas. Vamos, que cada uno lo interpretó como buenamente quiso, y así los incas decidieron llamarle Uno Pachacuti, y verlo como un castigo de los dioses.
Pero todo, hasta lo peor, tiene un final. Y a este periodo de tinieblas y mucha lluvia le sucedió otro de calma y buenos augurios. Fue entonces cuando de las entrañas de aquella tierra metida a presión en mitad de las alturas de los Andes surgieron los hermanos Ayar. Se dice –y en su momento se dio por cierto– que éstos salieron de una caverna llamada Capac Toco; ocho hermanos de los cuales cuatro eran varones y las otras cuatro hembras. Eran, a pesar de su condición de seres divinos, tan mundanos como podría serlo cualquier hombre. Entre ellos se dieron situaciones alejadas de la divinidad que se les atribuía, como fueron los odios, las tormentosas relaciones amorosas, e incluso algún que otro asesinato. Sea como fuere, las tradiciones incas afirman que los Ayar era capaces de volar, o de golpear con tal fuerza las montañas que lograban desplazarlas de sitio. Pero no sólo eso: controlaban fenómenos atmosféricos como la lluvia, y portaban pequeños saquitos en los que guardaban semillas desconocidas que cuando germinaban hacían que los campos se tiñesen de un verde intenso, y que allí donde sembraran jamás se volviese a pasar hambre. Las tradiciones son así: tan vibrantes de detalles como alejadas de una realidad que se antojaba bien distinta.
Así las cosas, los hermanos Ayar rápidamente fueron tomados por poderosos hechiceros, más cercanos a los dioses que a los hombres, y los miembros de las comunidades que malvivían en esas regiones decidieron seguirles en un éxodo demasiado sospechoso y habitual en los textos sagrados de varios pueblos de la antigüedad. En su delirante periplo los elegidos lanzaban al aire cada tres por cuatro una jabalina de oro, pues existía la creencia de que allí donde ésta se hundiese con firmeza, se levantaría la que habría de ser capital del nuevo imperio. Y los dioses, que a veces gustan de jugar con esos títeres sin cuerdas que somos los humanos, como una broma macabra permitieron que la lanza quedara tan clavada como la espada del rey Arturo en mitad del lecho seco del lago Morki, a más de 3.000 m de altura, donde las condiciones para la vida, empezando por la falta de oxígeno, se perfilaban complicadas.
Pero como a los de arriba hay que hacerles caso, aquellos hombres acompañados por sus mesías no tuvieron más remedio que empezar a colocar una piedra sobre otra, hasta que al cabo de varias décadas Cuzco, la capital del Tahuantinsuyo, quedó terminada, tan imponente que su contemplación desde las altas montañas conminaba a los ejércitos invasores a desistir en su intención. Fue, como ocurriera con Pascua, “el ombligo del mundo” de un pueblo desconocido, diferente al resto que habitaba el Nuevo Mundo de aquellos días, que se impuso con facilidad creando una torre de Babel en la que cada cultura sometida podía seguir disfrutando de su autonomía, incluso adorando a sus dioses, pero aceptando la veneración al gran Inti, y sometiéndose a la autoridad del inca.
Pues bien, levantada la ciudad sagrada, uno de los hermanos, Manco Cápac, tomó como esposa a Mama Ocllo, dando inicio a la dinastía Inca, tan diferente a sus coetáneos que el propio Pizarro, al pisar las calles empedradas de Cuzco y conocer a los descendientes de estos primeros monarcas, dejó escrito que “la clase dirigente del imperio del Perú era de piel tan blanca que apenas hubiera podido distinguírsela de la gente blanca y rubia; de ellos se decía que eran hijos de los dioses”.
Así las cosas vemos una interesante relación entre estos mitos del remoto pasado de seres que en su condición de “hijos de los dioses” poseen una fuerza digna de titanes, y unos poderes sobrenaturales que les permiten hacer y deshacer a su antojo. Otro detalle interesante es que además sus descendientes inician poderosas dinastías cuya presencia es fundamental para comprender el avance de unos tiempos en los que, salvo ellos, pocos más evolucionaban. Y además, sus rasgos físicos difieren del común de los pueblos a los que dominan; baste decir que Pedro Cieza de León, el cronista que acompañó a Pizarro durante la extremadamente dura conquista de Perú, dejó escrito de la cultura sachapuyas, los habitantes de las fortalezas de las cumbres, que “son indios blancos de una hermosura digna de soberanos, con unos ojos azules los cuales son más blancos que los de los españoles”. ¿De dónde procedían aquellos hombres?
Fuente: Enigmas
Volver al indice de la sección »
El ocaso de una humanidad olvidada
Articulos de interés
Entrevista: Martí Domínguez "Hay muy pocos divulgadores de verdad"

Biólogo, escritor y director de la Revista Mètode. Si existían revistas similares, se extinguieron...
Tranvias propulsados a hidrogeno

Los tranvías han quedado en el pasado en todas las ciudades del mundo, pero ahora un proyecto desarrollado en Estados Unidos podría facilitar su regreso a través de un sistema sostenible de propulsión...
¿Que edad tiene la tierra?

Hasta ahora se pensaba que la edad de nuestro planeta era de 4.530 millones de años, pero astrónomos alemanes, suizos y británicos acaban de calcular que, en realidad...